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El diseño se ha consolidado como una actividad productiva cuyo proceso, basado en la innovación, interviene de manera significativa y estructural en el desarrollo de la cultura y la economía. El progresivo aumento de la visibilidad e importancia del diseño en la sociedad, se ve reflejada en el crecimiento exponencial del número de profesionales y su proyección internacional, en la proliferación de centros de enseñanza y su consecuente aumento de estudiantes o en el aumento de medios, prensa y eventos especializados del sector. Datos que han abierto un camino hacia la implantación social del diseño como una profesión en constante desarrollo y progresión, donde la calidad del trabajo realizado por nuestros diseñadores es reconocida más allá de nuestras fronteras.

En estas últimas décadas, el diseño se ha convertido en un motor creativo imprescindible ligado al desarrollo de la industria y los servicios, convirtiéndose en un factor estratégico de dinamización y progreso económico dentro de la sociedad globalizada.

Dinamización que sólo puede producirse, de forma estable, con la interacción organizada de los cuatro agentes sociales implicados: empresas, centros de enseñanza, administraciones públicas y diseñadores.

De igual forma, el diseño configura un universo de objetos y servicios que responden con exactitud a las características culturales de nuestra sociedad y es hoy una parte insustituible de la oferta patrimonial y cultural de museos, salas de exposiciones o espacios divulgativos, así como de aquellas empresas que introducen los valores del diseño dentro de su estrategia productiva y de comunicación.

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